Opinión ante el 1º de mayo

La tasa de paro juvenil en España supera el 30% y 5 de cada 10 jóvenes asalariados tienen un contrato temporal. Las cifras hablan por sí solas, pero detrás de los números hay vidas concretas y situaciones vitales de precariedad que deberían alarmarnos sobre el sistema económico y social que estamos construyendo. Vidas que tienen nombres y apellidos, como la de Vane, que trabaja en una bocatería, en la otra esquina de la ciudad, de 20h a 2h, cobrando 600 euros y cotizando sólo la mitad. Un trabajo que tiene que aceptar para pagar el alquiler a su tío, que lleva un tiempo en paro y para que ella y su madre puedan vivir con 450 euros al mes. O como la vida de Miguelo, que trabaja en una panadería de 4 a 8 de la mañana, sin cotizar, para aportar 400 euros en casa. E igual que Javi, que trabaja unas horas al día en un bar, sin contrato, para completar el salario que entra en casa, porque con el de su madre, que también trabaja sin contrato, no llega para alimentar a los tres hijos.

Y no vale únicamente con echar la culpa a la crisis de todos los males, sino que en el fondo de la cuestión encontramos que esta sociedad quiere caminar de espaldas a la juventud, a la que desde hace tiempo se tiende a etiquetar como un todo, y se señala que tenemos una juventud desarraigada, indolente, vaga, acomodada en casa, triste, errante, hedonista y hasta violenta.

Convicciones como la anterior están detrás de la propuesta de incrementar en nuestro país la edad de jubilación de los 65 a los 67 años. No se entiende de otra forma que, ante un panorama como el actual, la apuesta de futuro pase por este tipo de soluciones que obstaculizarán, aún más si cabe, el acceso juvenil a su primer empleo, lo que a su vez supondrá una precarización, todavía mayor, de la ya mermada situación laboral en la que nos encontramos.

Por tanto, podemos afirmar que a los jóvenes se nos mide con un doble rasero: se nos ofrece precariedad laboral, se nos educa en la pasividad, vivimos en una situación de inseguridad ante el futuro pero se nos critica de irresponsabilidad, de falta de iniciativa, de escasa participación, etc.

El 1º de mayo se nos presenta entonces como una fecha destacada para reivindicar nuestra dignidad como personas trabajadoras; para visibilizar que somos presente y no futuro; para exteriorizar nuestro ser clase trabajadora y apoyar así las conquistas laborales y sociales que la historia del mundo obrero nos ha dejado como herencia, y que ahora pretenden ser flexibilizadas aprovechando un contexto de sociedad profundamente injusta,  económicamente fracturada y moralmente deteriorada. En definitiva, una ocasión para reclamar y actualizar aquella máxima con la que Cardijn dejó definida la misión evangelizadora de la JOC: “Un joven trabajador y una joven trabajadora valen más que todo el oro del mundo, porque son hijos de Dios. No respetar al joven trabajador o la joven trabajadora es no respetar al mismo Dios”.

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Artículo publicado en "Catalunya Cristiana"

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